jueves 29 de mayo de 2008

Luciérnagas

Ayer te olvidé cien veces después de acordarme de ti. Ya sé por qué terminé perdiendo tu rastro en la niebla. No me hiciste caso y saliste en estampida sin llevar puestas las luciérnagas que te regalé. Quizá hayan muerto, como tus tóxicas caricias.

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sábado 24 de mayo de 2008

El rosa y el blanco permanecían invariables. El penetrante calor que debían estar soportando parecía no tener ningún efecto sobre ellos. De repente, todo cambió, y el blanco comenzó a engordar, a llenarse de aire y a adquirir un color tostado. El rosa, en cambio, se mantenía estático, aunque su color también empezaba a oscurecerse. Con la nariz pegada a la puerta del horno, Lucía trataba de pintar su mente de blanco y concentrarse en la pizza de jamón cocido y extra de mozarella. Su única preocupación en ese instante era que se dorase la parte de la masa más alejada del cristal.

martes 20 de mayo de 2008

Recaída

Tropieza con él
cuando las estrellas
mudan sus alas.

Intenta escapar
pero su cintura
no la obedece,
y se anuda
al faro prohibido.

Otra muesca más
en la pared.
Otro duermevela nuevo
en su piel.

jueves 15 de mayo de 2008

Que no se me olvide. Mañana tengo que llamar a Rubén y preguntarle cómo le fue su examen. La una. El camión del agua debe estar al caer. ¿Y si le pido que vayamos a cenar mañana? Le tocaría a ella pero tengo ganas de verla. Qué pesado es el perro de la vecina. Fue bonito regalarle aquellos folios a la desconocida del tren, no se lo esperaba. ¿Y qué haría después? Quizá le contó a su pareja lo que le había pasado. ¿Y cómo se llamaría?, ¿Lucía?, ¿Ana?, ¿María? María le pega. A ver si mañana se me quita por fin este dolor de garganta. No levanto cabeza. La una y diez. Duérmete, anda, y no mires más el radio reloj. Mañana tengo que terminar ese informe. No veo claro el comienzo. “Los viajes se llevan uno de cada diez euros de nuestros bolsillos”. Demasiado coloquial. “Viajar es uno de los gastos que menos nos reportan”. Eso es mentira. Con lo bien que te lo pasaste el verano pasado en Buenos Aires, con Esther en aquella ciudad increíble. Cuántos perros había en Buenos Aires. La clave está en la idea de viaje y gasto. Me duele la cabeza. La una y veinticinco. Ya no mires más el radio reloj, por favor. Creo que mañana la llamo. No le diré nada de quedar, a ver si sale de ella. Le preguntaré cómo está. “¡Hola guapa!”, “¡Ey! ¿Cómo estás?”, “Yo muy bien, con ganas de que llegue el viernes”, “Ya, yo también. ¿Quieres que cenemos esta noche?”. No va a pedírmelo tan rápido ni de coña, pero bueno, por pedir... ¡El camión del agua! Hoy se ha retrasado. Son las dos menos cuarto. Miré el reloj, mierda. ¿Por qué se habrá retrasado? Tal vez sea nuevo el regador y ha derrochado demasiada agua antes de llegar a nuestra calle, y han tenido que ir a rellenar el tanque. ¿Dónde cogerán ese agua? En algún estanque no potable, lo dice bien claro el letrero: AGUA NO POTABLE. La almohada está caliente. Así es imposible dormirse. Venga, no pienses en nada y duérmete. “Un viajero no mira su bolsillo sólo hasta el regreso”. Me gusta, aunque lo tengo que pulir...

martes 13 de mayo de 2008

Sólo quería volver a jugar a las canicas.

viernes 9 de mayo de 2008

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.
Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quien una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:
- Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo.
- ¿Y anda bien? –le pregunté.
- Atrasa un poco –reconoció.

Celebración de la fantasía
El libro de los abrazos
Eduardo Galeano

martes 6 de mayo de 2008

Fotografía

Descendió los dos peldaños del autobús muy deprisa. Aterrizó en los adoquines de la acera de un salto y comenzó a correr hacia su portal. Sentía que una mano le oprimía el comienzo del estómago, como si alguien estuviera haciendo con el final de su esófago un nudo marinero y, una vez hecho, lo apretara hasta tensar bien la soga. Tenía que llegar cuanto antes a casa. Al doblar la esquina de la calle Doctor Fourquet, casi se lleva por delante a un aprendiz de ciclista con casco, rodilleras, coderas y ruedines con su padre detrás, acordándose de toda su familia. Sólo pudo darse la vuelta y devolverles una mueca de disculpa, sin articular ningún sonido. Se había quedado sin aliento por la carrera. Consiguió llegar a su portal. Sólo tenía que escalar 35 escalones y por fin podría respirar. Deseaba no encontrarse con ninguno de sus vecinos en el tramo que le separaba de su casa. El nudo se había tensado tanto que comenzaba a sentir las primeras náuseas. Por primera vez en el día, tuvo suerte, no tropezó con nadie. Introdujo la llave en el hueco de la cerradura en el tercer intento –los dejos no dejaban de bailar-, abrió la puerta, arrojó la mochila al suelo, cerró la puerta y continuó su carrera hasta la habitación. Abrió el primer cajón de su mesita de noche, sacó la fotografía del cajón, se tumbó con ella en la cama deshecha y sonrío. El nudo comenzó a aflojarse mientras susurraba entre dientes: “me ha robado el corazón una fotografía”. Una risa maldita escapó de su garganta y, acto seguido, rompió a llorar.

jueves 1 de mayo de 2008

Julia

Sólo 19 pasos le separaban de su escritorio. “En realidad son 17'5 si voy por el atajo de la izquierda”. Cierto, Martín, perdona. Comencemos de nuevo.

Sólo 19 pasos le separaban de su escritorio, 17'5 si Martín decidía avanzar por el atajo de la izquierda. Una distancia ínfima que recorría más de cinco veces al día de camino a la máquina de café. En el viaje de ida, Martín sólo lograba contemplar el reverso de Julia, coronado por una nuca completamente despejada que deseaba morder a cada instante. En el regreso, en cambio, su pulso tamborileaba porque la miraba de frente. Muchas personas podían opinar que Julia era una mujer corriente, tirando a guapa, pero para él no era así. Desde el primer momento que se cruzó con ella en la oficina, le encandiló su aire tímido y la sinceridad de su mirada. Julia tenía un rostro armónico que se iluminaba cuando sonreía, con algunas pecas decorando sus mejillas, que le aportaban un aire travieso e infantil. “Aan, no es por nada pero te está quedando muy cursi la descripción de Julia. Simplemente di que cuando logro cazar su mirada y su sonrisa (porque siempre que me mira me sonríe), desaparecen todos mis problemas... y me derrito”. Muy bien, Martín. “Ah, y más que guapa, que lo es, me resulta irresistiblemente atractiva, como un helado de vainilla con cookies en pleno mes de agosto, ¿vale, Aan?” Entendido, Martín, a ver qué te parece. Continúo.

Era tal el sentimiento que Julia provocaba en él que cuando su mirada y su sonrisa reparaban en Martín, un punzante deseo se adueñaba de él, hasta el punto de pulverizar todas sus preocupaciones. “Eso es, sí, pero no has dicho nada de que me parece atractiva”. Ya, Martín, es que no me cuadraba en la frase. “Bueno, está bien. Sigue siendo algo cursi pero puede valer”. Lo siento, no sé escribir de otra manera. “No te preocupes, Aan. Nadie es perfecto”.