Sólo 19 pasos le separaban de su escritorio. “En realidad son 17'5 si voy por el atajo de la izquierda”. Cierto, Martín, perdona. Comencemos de nuevo.
Sólo 19 pasos le separaban de su escritorio, 17'5 si Martín decidía avanzar por el atajo de la izquierda. Una distancia ínfima que recorría más de cinco veces al día de camino a la máquina de café. En el viaje de ida, Martín sólo lograba contemplar el reverso de Julia, coronado por una nuca completamente despejada que deseaba morder a cada instante. En el regreso, en cambio, su pulso tamborileaba porque la miraba de frente. Muchas personas podían opinar que Julia era una mujer corriente, tirando a guapa, pero para él no era así. Desde el primer momento que se cruzó con ella en la oficina, le encandiló su aire tímido y la sinceridad de su mirada. Julia tenía un rostro armónico que se iluminaba cuando sonreía, con algunas pecas decorando sus mejillas, que le aportaban un aire travieso e infantil. “Aan, no es por nada pero te está quedando muy cursi la descripción de Julia. Simplemente di que cuando logro cazar su mirada y su sonrisa (porque siempre que me mira me sonríe), desaparecen todos mis problemas... y me derrito”. Muy bien, Martín. “Ah, y más que guapa, que lo es, me resulta irresistiblemente atractiva, como un helado de vainilla con cookies en pleno mes de agosto, ¿vale, Aan?” Entendido, Martín, a ver qué te parece. Continúo.
Era tal el sentimiento que Julia provocaba en él que cuando su mirada y su sonrisa reparaban en Martín, un punzante deseo se adueñaba de él, hasta el punto de pulverizar todas sus preocupaciones. “Eso es, sí, pero no has dicho nada de que me parece atractiva”. Ya, Martín, es que no me cuadraba en la frase. “Bueno, está bien. Sigue siendo algo cursi pero puede valer”. Lo siento, no sé escribir de otra manera. “No te preocupes, Aan. Nadie es perfecto”.