
Lee estaba deprimido y destrozado. El calor y la risa del sábado por la noche habían desaparecido y no sabía por qué. En toda relación amorosa o de amistad, Lee intentaba establecer contacto en un nivel no verbal de intuición, un intercambio silencioso de pensamientos y sentimientos. Ahora Allerton había interrumpido de manera brusca el contacto, y Lee sentía dolor físico, como si a una parte suya que tímidamente se estiraba hacia el otro la hubieran cortado y mirara el muñón impresionado e incrédulo. […] Se levantó y salió. Caminaba despacio. Varias veces se apoyó en un árbol y miró hacia el suelo como si le doliera el estómago. Dentro de su apartamento se quitó el abrigo y los zapatos y se sentó en la cama. Le empezaba a doler la garganta y se le humedecieron los ojos y se derrumbó sobre la cama, sollozando convulsivamente. Levantó las rodillas y se tapó la cara con las manos, cerrando los puños. Cuando estaba amaneciendo giró, se puso boca arriba y se estiró. Los sollozos pararon y a la luz de la mañana la cara se le relajó.
Marica
William S. Burroughs


