El asfalto de la carretera estaba bordeado de una maraña de hierba seca, enredada y quebrada, y las puntas de las hierbas estaban cargadas de barbas de avena preparadas para pegarse en el pelo de los perros; con colas de zorra destinadas a enredarse en los menudillos de un caballo y tréboles espinosos listos para fijarse en la lana de las ovejas; vida latente esperando ser esparcida y dispersada, cada semilla equipada con un dispositivo de dispersión, dardos retorcidos y paracaídas para el viento, pequeños arpones y bolas de espinas diminutas, todos esperando a los animales y al viento, a los bajos de un pantalón de hombre o el borde de la falda de una mujer, pasivas todas pero armadas con mecanismos de actividad, quietas pero aptas para el movimiento.

Las uvas de la ira
John Steinbeck