Como impulsada por una fuerza violenta, quise recorrer todos los sitios donde habíamos estado juntos el día anterior: el banco del jardín del cual le alejé arrastrándole, la sala de juego donde le vi por primera vez, incluso aquella inmunda covacha del hotel desconocido y equívoco; deseaba revivir una vez más las horas pasadas. Al día siguiente, pasearía en coche por la Corniche; siguiendo la misma ruta, a fin de resucitar en mí el recuerdo de cada gesto, de cada palabra…; sí, tan insensato y tan infantil era mi trastorno interior. […]Despertada bruscamente de aquella tumultuosa sucesión de episodios, deseaba, por lo mismo que fueron tan fugaces, revivirlos, gozarlos de nuevo minuciosamente, apelando a ese autoengaño que llamamos recuerdo. En fin, éstas son cosas que se comprenden o no se comprenden. Quizá para comprenderlas se necesita un corazón apasionado.
Stefan Zweig (III)
Veinticuatro horas en la vida de una mujer
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Miguelanxo Prado