martes 24 de marzo de 2009

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Día extraño. Marruecos en Plaza de España a la una. Cuatro horas estudiando inglés. Odio los quantifiers. Celos. Te escribo. También a ella. Hablaremos mañana. Vaciarse o morir. Una mujer intenta entrar en el metro pero el conductor cierra las puertas sin darse cuenta (o todo lo contrario) de que ha pillado su guardapolvos marrón, de raso. Me detengo y observo la escena. Una pena. Ella grita y hace aspavientos. El convoy arranca. Ella tira fuerte de su abrigo de primavera pero las bocas de las puertas no lo sueltan. La mujer desiste y ve cómo su abrigo se aleja, primero rozando con una manga el suelo del andén y después chocando contra el muro del túnel. "Hay cosas peores en la vida", quiero decirle. No lo hago. Empiezo a correr. De repente, le encuentro. El guardián de las estrellas. Tanto tiempo. Tres años. Sonrío. No me ve. Le sigo hasta la parada del autobús. Pantalón gris de chandal, barba, mochila, calma, sombra de sonrisa. No siento nada. Alegría. Ningún nudo o insecto volador en mi estómago. Después de todo, todo ha sido nada a pesar de que un día lo fue todo. Grande José Hierro. El espíritu de la colmena. Me enamoro de la pequeña Ana Torrent. Sándwich de atún, salchichón, queso y un yogur azucarado natural apenas caducado. Y le vuelvo a ver, en francés, antes de dormirme. Merci beaucoup. Cierro los ojos y no dejo de pensar en ella, en mañana. Vaciarse o morir. Día extraño.

viernes 20 de marzo de 2009

Amada de metal fino,
de los más finos cristales.

-¿Quién la despertará?

-El aire,
sólo el aire.


Rafael Alberti
-


jueves 12 de marzo de 2009

Felicidades

Llevaba quince días de búsqueda. En el metro, mientras planchaba, al quitarse los calcetines justo antes de acostarse, mientras se cepillaba los dientes, al numerar las fichas de la biblioteca... Cualquier momento era adecuado para tratar de dar con ellas. Pero no lo conseguía. Por más que lo intentaba no lograba encontrar las palabras precisas. Cómo decirle que, junto con la actual habitante de la litera de abajo, era la persona que más quería en el mundo; que sin ella, la amapola se marchitaría porque el Sol se convertiría en un cuerpo opaco; cómo explicarle que le debía todo lo que era, que gracias a ella se había convertido en una muchacha dulce y luchadora, justo a su imagen; cómo escribir que la adoraba, que era la persona que más admiraba en el mundo, por delante de Proust, Cortázar o Rothko, por no rendirse jamás y seguir siendo Campanilla. Nada, no daba con ellas. Mañana seguiría buscando las palabras que vistiesen a su hada.







martes 3 de marzo de 2009

Huella

Cuando Tristán la abrazó en el umbral de la entrada, Marcela reconoció su silueta en el torso de él. En ese minuto en el que permanecieron anudados, se percató de que el cuerpo de Tristán no había olvidado la medida exacta de su espalda, la profundidad y las ondas de su pecho, la altura en la que nacía su cintura, el ángulo que formaba su cuello al reclinarse... La huella del cuerpo de Marcela permanecía intacta en el de Tristán, como ocurre al tumbarte en un prado de altas hierbas y, tras levantarte, descubres tu silueta en el mar verde.

Con una sonrisa, mientras recibía ese calor efímero y eterno, Marcela se preguntó qué estaría sintiendo Tristán y si en sus sábanas también permanecería la huella de la amapola.