“¡Agua va!”, escuchó. Ese grito le despertó. Abrió los ojos. Había amanecido. Ni rastro del enorme animal, pero eso no le tranquilizó. Se encontraba en una estancia vacía, con paredes grises. Eran gruesos muros de piedra. Tristán miró al suelo. Ásperas tablas de madera sin ningún tipo de acabado, de tamaño irregular, conformaban la superficie de la habitación.
Cerró los ojos, contó hasta cien, despacio, muy despacio, y los volvió a abrir lentamente. Ahí seguían los muros de piedra. Comenzó a pellizcarse con dureza el antebrazo izquierdo. Le dolía, mucho. No estaba dormido. Dejó caer su cabeza y reparó en su cama. Era un jergón de paja tirado en el suelo, sin sábanas ni mantas. Miró hacia los lados. Ni rastro de las dos mesillas de noche.
Sin saber qué hacer, Tristán comenzó a llorar. Las lágrimas se mezclaban con temblores esporádicos. De repente, paró. “¡Agua va!”, volvió a escuchar. Como activado por un resorte, se dirigió hasta la ventana, de madera tosca, como el suelo. El sol danzaba por las rendijas. Tristán empujó las hojas y de nuevo tuvo que agarrarse al alféizar para no caer por la borda. “¡Santo Di…!” murmuró, pero no fue capaz de terminar la frase. Un auténtico mercado medieval se mostraba, insolente, ante sus ojos.
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