jueves 27 de agosto de 2009

Cacareos a las tres (III)

“¡Agua va!”, escuchó. Ese grito le despertó. Abrió los ojos. Había amanecido. Ni rastro del enorme animal, pero eso no le tranquilizó. Se encontraba en una estancia vacía, con paredes grises. Eran gruesos muros de piedra. Tristán miró al suelo. Ásperas tablas de madera sin ningún tipo de acabado, de tamaño irregular, conformaban la superficie de la habitación.

Cerró los ojos, contó hasta cien, despacio, muy despacio, y los volvió a abrir lentamente. Ahí seguían los muros de piedra. Comenzó a pellizcarse con dureza el antebrazo izquierdo. Le dolía, mucho. No estaba dormido. Dejó caer su cabeza y reparó en su cama. Era un jergón de paja tirado en el suelo, sin sábanas ni mantas. Miró hacia los lados. Ni rastro de las dos mesillas de noche.

Sin saber qué hacer, Tristán comenzó a llorar. Las lágrimas se mezclaban con temblores esporádicos. De repente, paró. “¡Agua va!”, volvió a escuchar. Como activado por un resorte, se dirigió hasta la ventana, de madera tosca, como el suelo. El sol danzaba por las rendijas. Tristán empujó las hojas y de nuevo tuvo que agarrarse al alféizar para no caer por la borda. “¡Santo Di…!” murmuró, pero no fue capaz de terminar la frase. Un auténtico mercado medieval se mostraba, insolente, ante sus ojos.
_


lunes 10 de agosto de 2009

Cacareos a las tres (II)

La noche le dio una bofetada. Segundos después, Tristán tuvo que agarrarse al alféizar para no caerse. Un nuevo cacareo del gallo le asustó. Miró su reloj. Eran poco más de las tres de la mañana. “¡Pero si es de noche! ¿Por qué demonios cacareas?”, gritó furioso. Sin entender qué había pasado con su ventana ni de dónde había salido ese gallo trasnochador, decidió volver a la cama y dormir un rato más.

“Seguro que todo es una pesadilla. Estaré soñando. Anoche cené mucho y eso no es sano”, dijo en voz alta mientras se tumbaba en la cama. Notó el colchón más blando y bajo que de costumbre, pero decidió no pensar más y, simplemente, cerrar los ojos hasta conseguir dormirse. Lo último que escuchó justo antes adormilarse fue un nuevo cacareo de un gallo. “Sólo eres fantasía. Habrás muerto por la mañana”, musitó.

Mientras dormía, Tristán soñó que un enorme gallo con un reloj en el pico entraba por la ventana de la habitación y le observaba. El gallo comenzó a acercarse a la cama y Tristán, asustado, se escondió bajo la sábana. El enorme animal seguía ahí, esperando. De repente, el gallo comenzó a mover las alas para después quedarse completamente erguido y emitir un estridente cacareo. Tristán gritó.