- “¿Le gustaría ser mi aprendiz? Pronto moriré y alguien tiene que ocuparse de la herrería hasta que Lázaro aprenda”, pronunció el anciano. El pequeño Lázaro miró anhelante a Tristán y le dio la mano. Sus ojos seguían escrutando su cara.
-“Le gustará el oficio”, le dijo. Sonrió. Tristán miró a su alrededor. Había cestos con espadas y herraduras y una especie de abrevadero para refrescar los objetos recién creados. De repente, el gallo volvió a cacarear.
-“Qué pesado el gallo cegato”, exclamó el niño.
-“¿Cómo”, preguntó intrigado Tristán.
-“Es el gallo de Eusebio, el pescadero. Nació sin ojos y no hace más que cacarear día y noche. Con él no hay quien duerma”, dijo el anciano.
-“¿Entonces se queda con nosotros?”, preguntó el pequeño Lázaro.
-“La verdad es que siempre quise ser artesano”, contestó Tristán y sonrió.
-“Pues no se hable más, pero haga el favor de quitarse esa ropa tan rara que lleva, no me vaya a asustar a la clientela”, repuso el anciano.
miércoles 30 de septiembre de 2009
lunes 21 de septiembre de 2009
Cacareos a las tres (V)
Cuando vieron que ya nadie les seguía, se detuvieron en una fuente, lejos del mercado.
-“¿Por qué has hecho eso, niño?”, preguntó Tristán.
-“Me llamo Lázaro, como mi padre”, repuso él. “Ha dicho que tenía hambre, ¿no? Pues algo tendrá que comer, digo yo”, añadió.
-“Pero robar es un delito, Lázaro”, contestó Tristán, completamente extenuado tras la carrera. “Anda, bebe un poco de agua”.
-“¿Quiere conocer a mi padre?”, le preguntó Lázaro, mientras comenzaba a caminar.
-“Por qué no”, le contestó Tristán y le siguió. Se detuvieron frente a una herrería. En ella vieron a un anciano trabajando penosamente en el yunque.
-“Es mi padre”, dijo Lázaro. “Padre, traigo a un amigo que nos puede ayudar”, explicó el niño al anciano mientras entraba en la herrería. Tristán le siguió. El herrero le miró.
_

-“¿Por qué has hecho eso, niño?”, preguntó Tristán.
-“Me llamo Lázaro, como mi padre”, repuso él. “Ha dicho que tenía hambre, ¿no? Pues algo tendrá que comer, digo yo”, añadió.
-“Pero robar es un delito, Lázaro”, contestó Tristán, completamente extenuado tras la carrera. “Anda, bebe un poco de agua”.
-“¿Quiere conocer a mi padre?”, le preguntó Lázaro, mientras comenzaba a caminar.
-“Por qué no”, le contestó Tristán y le siguió. Se detuvieron frente a una herrería. En ella vieron a un anciano trabajando penosamente en el yunque.
-“Es mi padre”, dijo Lázaro. “Padre, traigo a un amigo que nos puede ayudar”, explicó el niño al anciano mientras entraba en la herrería. Tristán le siguió. El herrero le miró.
_

viernes 11 de septiembre de 2009
Cacareos a las tres (IV)
Había puestos de pescado, frutas y verduras, carne, instrumentos musicales, tinajas, niños corriendo, mujeres llevando cubos de agua, burros caminando… El sonido de su reloj digital de muñeca espabiló a Tristán. “Son las diez”, exclamó. “Menos mal que no me lo quité antes de acostarme”.
De un salto, se plantó en plena calle y sonrió. Estaba descalzado. No le importaba. Los niños que corrían también lo estaban.
-“¿Por qué lleva esa ropa tan rara?”, le preguntó un niño raquítico de unos diez años. Tristán se observó. Estaba en pijama.
- “Es que voy disfrazado”, le contestó.
-“Ah”, le respondió el niño, y salió corriendo.
- “¡Espera!”, gritó Tristán. “Tengo hambre”.
-“Pues sígueme”, le contestó el niño sin dejar de correr, adentrándose en el mercado. Tristán decidió seguirle. ¿Qué otra cosa podía hacer?
El muchacho se detuvo frente a un puesto de pan. Aprovechó un despiste del tendero para robar dos panecillos, que arrojó a Tristán. Justo entonces, el vendedor vio los dos panecillos volando. “¡Al ladrón!’”, gritó, y Tristán y el niño empezaron a correr.
_
.jpg)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
