lunes 18 de enero de 2010

Atardece



Soliloquio en calcetines y zumo de naranja para merendar.
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domingo 20 de diciembre de 2009

Penélope

Se bautizó de nuevo. Acortó sus faldas, se rizó la melena, se compró todos los sujetadores que vio almohadillados y con encaje, se puso lentillas y se subió a unos zapatos de tacón alto. Tras dar unos tímidos paseos por el pasillo de su casa, tratando de contonearse como si fuera una pantera, decidió que estaba preparada. Abrió su bolso, dio un trago a su petaca dorada de whisky barato y salió a la calle. Se apostó en una esquina. El sol se escondía cuando Penélope, antes María, comenzaba su jornada laboral.


lunes 9 de noviembre de 2009

Hollywood


Signo de interrogación de cierre. La incomprensión se cose a su entrecejo mientras ella expulsa el humo de su cigarrillo con parsimonia. Sus ojos se pierden en el tráfico de la calle, al tiempo que él camina nervioso por la habitación. Repite la pregunta. Otra calada como respuesta. Otra ignorancia. Otro silencio. Amar. Odiar. Resistir. Caer. Resistir. ¿Para qué?, ¿hasta cuándo? “Siempre quisiste ser una estrella de cine”, sentencia él, resquebrajado por dentro. “Y eso es lo único que sabes hacer: fumar como lo hacen en Hollywood”. Huida. Portazo. Carcajadas de nicotina al otro lado. Llanto en el ascensor. Punto final.

martes 13 de octubre de 2009


Voy a dedicar la noche a domesticar luciérnagas mientras tú duermes.


miércoles 30 de septiembre de 2009

Cacareos a las tres (Fin)

- “¿Le gustaría ser mi aprendiz? Pronto moriré y alguien tiene que ocuparse de la herrería hasta que Lázaro aprenda”, pronunció el anciano. El pequeño Lázaro miró anhelante a Tristán y le dio la mano. Sus ojos seguían escrutando su cara.
-“Le gustará el oficio”, le dijo. Sonrió. Tristán miró a su alrededor. Había cestos con espadas y herraduras y una especie de abrevadero para refrescar los objetos recién creados. De repente, el gallo volvió a cacarear.
-“Qué pesado el gallo cegato”, exclamó el niño.
-“¿Cómo”, preguntó intrigado Tristán.
-“Es el gallo de Eusebio, el pescadero. Nació sin ojos y no hace más que cacarear día y noche. Con él no hay quien duerma”, dijo el anciano.
-“¿Entonces se queda con nosotros?”, preguntó el pequeño Lázaro.
-“La verdad es que siempre quise ser artesano”, contestó Tristán y sonrió.
-“Pues no se hable más, pero haga el favor de quitarse esa ropa tan rara que lleva, no me vaya a asustar a la clientela”, repuso el anciano.

lunes 21 de septiembre de 2009

Cacareos a las tres (V)

Cuando vieron que ya nadie les seguía, se detuvieron en una fuente, lejos del mercado.
-“¿Por qué has hecho eso, niño?”, preguntó Tristán.
-“Me llamo Lázaro, como mi padre”, repuso él. “Ha dicho que tenía hambre, ¿no? Pues algo tendrá que comer, digo yo”, añadió.
-“Pero robar es un delito, Lázaro”, contestó Tristán, completamente extenuado tras la carrera. “Anda, bebe un poco de agua”.
-“¿Quiere conocer a mi padre?”, le preguntó Lázaro, mientras comenzaba a caminar.
-“Por qué no”, le contestó Tristán y le siguió. Se detuvieron frente a una herrería. En ella vieron a un anciano trabajando penosamente en el yunque.
-“Es mi padre”, dijo Lázaro. “Padre, traigo a un amigo que nos puede ayudar”, explicó el niño al anciano mientras entraba en la herrería. Tristán le siguió. El herrero le miró.
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viernes 11 de septiembre de 2009

Cacareos a las tres (IV)

Había puestos de pescado, frutas y verduras, carne, instrumentos musicales, tinajas, niños corriendo, mujeres llevando cubos de agua, burros caminando… El sonido de su reloj digital de muñeca espabiló a Tristán. “Son las diez”, exclamó. “Menos mal que no me lo quité antes de acostarme”.

De un salto, se plantó en plena calle y sonrió. Estaba descalzado. No le importaba. Los niños que corrían también lo estaban.
-“¿Por qué lleva esa ropa tan rara?”, le preguntó un niño raquítico de unos diez años. Tristán se observó. Estaba en pijama.
- “Es que voy disfrazado”, le contestó.
-“Ah”, le respondió el niño, y salió corriendo.
- “¡Espera!”, gritó Tristán. “Tengo hambre”.
-“Pues sígueme”, le contestó el niño sin dejar de correr, adentrándose en el mercado. Tristán decidió seguirle. ¿Qué otra cosa podía hacer?

El muchacho se detuvo frente a un puesto de pan. Aprovechó un despiste del tendero para robar dos panecillos, que arrojó a Tristán. Justo entonces, el vendedor vio los dos panecillos volando. “¡Al ladrón!’”, gritó, y Tristán y el niño empezaron a correr.
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