Empujó la puerta y sonrió al comprobar que todo estaba tal cual lo había dejado la tarde anterior. El barco pirata seguía albergando en la cubierta a toda la tripulación. “Porque se avecinaba tormenta, es verdad”, recordó. Acto seguido, Alex cerró la puerta, se sentó en el suelo de grava, se ajustó las gafas y comenzó a mover la embarcación, simulando las olas de una furiosa tempestad. Empezó a llenar los carillos de aire y a emitir sonidos guturales. Los playmobil empezaron a balancearse hasta ir tumbándose uno tras otro. Uno de ellos cayó por la borda. “¡Hombre al agua, capitán!”, gritó Alex, mientras ponía de pie a dos de los muñecos, uno con barba y camiseta a rayas y otro también con barba y con el mismo atuendo, pero además con pipa y un loro sobre el hombro. “¿De quién se trata? ¡Láncele un salvavidas!”, exclamó Alex poniendo una voz muy grave. “¡Capitán! ¡Es Smith, el cocinero!”, gritó Alex recuperando el timbre del segundo de a bordo. De repente, el pequeño dejó sus juegos demiúrgicos. La tormenta cesó. Creía haber escuchado el leve sonido de una bici aproximándose. Permaneció en silencio un segundo más, centrando toda su atención en ese ruido, hasta que oyó claramente cómo el ciclista utilizaba el freno trasero de la bicicleta, que emitió un chirrido ahogado. Alex sonrió. Su padre acababa de llegar.
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